La mujer sin pene (III)

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¡Quiero un pene! O dos, aquel maldito anuncio siempre se lo recordaba. Esa frase le martilleaba en los oidos, realmente su cerebro se la reproducía casi físicamente, a veces en medio de una conversación tenía que hacer esfuerzos para no realizar tal petición en voz alta. Iba por la calle andando y escrutaba disimuladamente los atributos de los varones con los que se cruzaba, esperando que no la descubrieran, o quizás sí, eso era lo que necesitaba, forzar la situación hasta ser capaz de enfrontarse a ella. Maldita educación judeo-cristiana, siempre pensando en la culpa y el miedo a ser castigada por algo tan nimio, cuando en el mundo alrededor suyo ocurrían atrocidades innombrables. ¿Por qué no era capaz de acercarse a un hombre y decirle sin tapujos “quiero tu pene”? Mafalda pensaba que siendo honesta también debería añadir “solo tu pene, tú no me interesas”, pero claro, eso espantaba al macho más machote y rompía con su imagen frágil y delicada, bueno, quizás hace unos años lo era, ahora el tiempo se había cobrado los excesos con los dulces y especialmente el chocolate, un sustituto fiel pero ya claramente insuficiente…

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