La mujer sin pene (IV)
(anterior)
Un día, camino del trabajo, Mafalda se paró como siempre en el quiosco al lado del semáforo de una placeta que iba cambiando de nombre en función del concejal de cultura de turno del ayuntamiento, si no fuera por la inercia votante de las masas pensaba que no daría tiempo a imprimir el callejero actualizado cada cuatro años (o menos). Hojeando las revistas de salud y belleza (lo del chocolate la tenía muy preocupada, bueno la preocupaba más bien el bikini pero la culpa era del chocolate) se fijó en una portada con un gran pene que aparecía de una oscuridad sugerente, sin ningún otro elemento de distracción. Mafalda casi se desmaya de la emoción. ¡Ese pene era exactamente lo que ella quería! Quizás Dios había escuchado sus plegarías, porque una portada así habría sido imposible en otros tiempos. Sin pensárselo dos veces ni leer una línia más compró tres o cuatro revistas que estaban cerca de temáticas diversas (incluyendo una de arquitectura para todos en fascículos) y, como quien escoge al azar y no quiere la cosa (aunque en este caso ella sí que quería esa cosa), puso en medio la revista de la portada fálica y pagó intentando disimular el rubor, aunque el quiosquero se limitó a devolverle el cambio y desearle un buen día sin prestarle mayor atención. Ella pensó que el buen día ya lo tenía, que impaciencia, la idea de no ir a trabajar y volver a casa a devorar aquella fuente de información que tenía en las manos se le hizo irresistible, pero su profesionalidad (y una reunión con su jefe en menos de media hora) se lo impedieron. Apretando el paso y los glúteos, Mafalda caminó resuelta hacia su cercano futuro con una sonrisa en sus labios y una sola obsesión, leer aquella revista lo antes posible…
