La mujer sin pene (VIII)
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Nada podía cambiar su decisión, había decidido enfrentarse a los tópicos típicos y se proponía visitar aquel bar que acababan de abrir, el Osobuco, nombre que a ella le recordaba más a un restaurante italiano que no a un antro de hombres que fuman y beben y más cosas, suponía. Como siempre, se enteraba de todo ojeando las revistas en el mismo quiosco donde había comprado aquella revista que casi la había vuelto loca con una espiral de ideas absurdas, mientras miraba al quiosquero de reojo el cual le devolvía una sonrisa de labios apretados como quien no necesita decir nada para entenderlo todo. En unas semanas se celebraría una nueva edición de aquel concurso completamente obsceno que consistía en escoger al mejor miembro de la clientela del local, literalmente, con la presencia del ganador del año pasado que cedería su trono (y a lo mejor también su cetro) al más plantado. Tenía que ir a aquel bar, ¿acaso no la dejarían entrar? Lo de reservado el derecho de admisión le parecía una tontería y, además, ¿no deberían ser los gays los más tolerantes? Seguro que podía tomarse una copa y estarse un rato prudente, sin llamar la atención. Así que planeó acercarse el próximo viernes por la noche, mezclarse con la multitud y explorar el territorio con vistas a la futura experiencia que se le anticipaba completamente fuera de lugar, como aquella conocida de una amiga suya que se fué a San Pedro, Méjico a tomar peyote y estuvo andando por el desierto catorce días, tan drogada que ni se dió cuenta de que le habían robado la mochila con todo el dinero y la documentación y suerte que otro grupo de seguidores de las costumbres del pueblo Huichol la encontro antes que la devoraran el sol, la sequedad ambiental y las ratas del desierto. Ella tomaría precauciones, como un peinado recogido acompañado de un gorro oscuro, unos tejanos y una camiseta anodina, así como un jersey a los hombros que en un momento dado podía utilizar para taparse la cara si se veía obligada a ello, ¿y si se encontraba a alguien conocido?, ¿cómo iba a explicarlo?, ¿que la había llevado un amigo?, ¿que había entrado en el bar porqué se encontraba indispuesta y necesitaba ir al servicio urgentemente?, ¿que ella solo iba por la música y pasaba del ambiente?… Ninguna respuesta en forma de pregunta le parecía satifactoria y eso la aterraba, pero estaba decidida, aquel viernes iba a romper uno de sus tabús (o tabúes, qué más da)…
(continuará)
